MATIAS BAILONE

Matías Bailone disertando sobre la obra de Jorge Luis Borges, en el primer centenario de su nacimiento. 1999.


BORGES

BORGES: 100 AÑOS DE VIDA
Por Matias Bailone

Podría empezar este artículo parafraseando a Marx en su Manifiesto: "Un fantasma recorre Europa", porque desde uno de los veintidós cantones, el de Ginebra, hay un cadáver que se niega a sí mismo su condición de muerto, su noble porte de espectro. Hay un ciego que sabe que los ojos son limitaciones y que el eterno retorno una teoría a confirmar en la Escuela de Atenas. Hay un hombre aferrado a un bastón, casi como una extensión de su brazo, y una voz dormida que intenta desentrañar el guardado secreto que hay en un hexámetro latino. Ese fantasma arisco, elegido de entre los muertos por una valkiria escandinava, esta empecinado en su teoría de la negación del tiempo, de la imposibilidad del olvido y se niega a ser dignatario de la tranquilidad de los muertos. Porque desde que nació, Borges supo que estaría condenado a varias existencias inmortales paralelas: la del libro abierto siempre en la misma página, la del espejo que no es reflejo sino traición, la de la memoria de Funes que recuerda cada ínfimo detalle de su vida, la de la piel del leopardo que simboliza el laberinto cretense y la del eternorretornógrafo de Morel que se activaba por el capricho de la marea.
El siglo XX es eminentemente borgeano, nadie pudo crecer más que a la sombra de Borges. Por eso Gombrowich al tomar el avión que lo alejara de su largo exilio en Argentina sólo pudo dejar un consejo, casi como una orden, a sus amigos escritores: 'Maten a Borges', gritó el socarrón consejero polaco. Pero -como dice Esteban Peicovich- nadie decubrió al guapo Edipo o al cuchillero Hamlet que cumpla esta orden. Ya a mitad de siglo se sabía que no había literatura fuera de Borges, y al comienzo del nuevo se sabe que "sólo una cosa no hay, y es el olvido" y no hay salida del círculo borgeano. Y hasta la llegada de un nuevo Borges, no nos queda más que ser exégetas de su obra, sin reprimir totalmente esa tendencia al parricidio que los escritores deben tener.
Lo importante es que a 100 años del nacimiento de su nacimiento debemos sentirnos orgullosos como país de haber podido engendrar a un mito como Borges, un mito real, no como los otros cuyas famas están más contaminadas de coyunturas históricas y vaivenes del tiempo. Podemos decir de él, lo que alguna vez él dijo del Gral. Quiroga: "Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma, se presentó al infierno que Dios le había marcado". El temible leviatán de la literatura moderna sabía muy bien que la única forma de eternidad, no se la darían sus creencias, sino su verso de mármol y luna.

Matías Bailone
Publicado por 'El Diario de la República' San Luis, Argentina. 1999

JORGE LUIS BORGES

 

INVENTARIO DE UN BORGES PERSONAL

por Matías Bailone

(publicado en el 'Diario de la República' de San Luis, Argentina, en 1998)

Los argentinos -solía criticarnos el sabio Borges- somos muy sentimentalistas. Así se explica el tango como fenómeno del suburbio (no como espectáculo de la urbe), se comprenden hasta nuestros errores. Porque lamentablemente el típico argentino es que da la vida por un equipo de fútbol, y de la misma manera por un partido político, y confunde muchas veces patriotismo con patrioterismo.
Esta es la única excusa que quiero dilucidar para explicar el boom borgeano, cada argentino tiene una imagen de Borges (equivocada o no), y eso proyecta al escritor hacia la eternidad. Pero en lo que todos coinciden a la hora de evocar a Borges es que era un viejito ciego que veía al mundo como la biblioteca de Babel, y que tenía una memoria prodigiosa (quizá su más filosa arma contra la muerte) para recordar gestas y leyendas.
Con mis recién cumplidos 17 años debo confesar que descubrí a Borges no hace mucho, y que todavía voy encontrando tesoros inusitados de la literatura de este hombre que dió carácter metafísico a la antigua leyenda de El Golem. Me fui identificando con Borges en muchos fragmentos de su obra (aunque él niegue que tiene obra propia): así comprendí cabalmente el desgarramiento que sintió el anciano Borges al encontrarse con él mismo cuando joven, en las orillas del Charles o del Ródano, porque da cuenta de los cambios y mutaciones ideológicas a los que nos someten los años.
Sería interminable hacer hasta un breve recorrido por la obra borgeana, pero próximos a celebrar 98 años del nacimiento de Borges el 24 de agosto, me pareció buena idea brindarle este más que efímero homenaje.
Ernesto Sabato, una tarde de verano en que el sol entraba casi con vergüenza y como pidiendo permiso en el estudio de su casa de Santos Lugares, me contó los años de amistad profunda con Jorge Luis Borges. Fueron los que precedieron a la 'revolución libertadora', -porque como me dijo Sabato, en este país las palabras empiezan con portentosas mayúsculas, luego devienen en minúsculas para terminar entre comillas-, más tarde la política los llevó por rumbos distintos y hasta enfrentados. Sabato me decía con cierta tristeza que él de joven se sintió atraido por los poemas de 'Fervor de Buenos Aires', pero los hombres se separan justamente por aquello que más quieren, por malentendidos y torpes realidades.
También es necesario afirmar que Borges no fue un paria, un apátrida, o como decía Cioran 'ese exiliado universal'. La patria de Borges es la suma de sus tigres, espadas, bibliotecas, ciertos versos de Hugo, 'la milonga venturosa, que trama la fiesta y la inocencia del coraje', la memoria de Muraña 'ese cuchillo de Palermo' a quien Borges nunca conoció, Rosendo -el de la esquina rosada-, Nicanor Paredes, Jacinto Chiclana, el Quijote que cuando niño leyó de una traducción inglesa, el yermo de sus antepasados, los espejos y el pez que espera del otro aldo, y tantas cosas que no conoceremos nunca.
Quizá Borges esté contento con su condición de personaje mitológico, de todos modos ahora conocerá el secreto de los espejos, del aleph y del tiempo -esa mentira-, al fin y al cabo como decía el mismo Borges: 'Nadie sabe de qué mañana el mármol es la llave'.

Matías Bailone

FRAGMENTO DE UNA CONFERENCIA DE MATÍAS BAILONE EN HOMENAJE A BORGES

La historia es simple: un tal Jorge Luis Borges nació en una ciudad fundada como Santa María de los Buenos Aires, hacia el año 1899, el día 24 de agosto. El cambio de siglo ya producía ciertas preocupantes expectativas, la tecnología era apenas una inocente locomotora y el cinematógrafo de los Lumière. Pero así como el propio Borges dudaba de la fundación tangible e histórica de la Ciudad de Buenos Aires, hecha por un tal Juan de Garay a los pies de un rio inmóvil, yo también me atrevo a ser un apóstata de la historia de manuales escolares y fechas repetidas por generaciones inermes. Porque se me hace cuento que nació Borges, ("lo juzgo tan inmortal como la tierra y el agua"), se me hace irreal la imagen de un Buenos Aires sin Borges, sin el poeta del suburbio y la avenida, del tango y del minué.
Quizá las fechas unidas por un guión (1899-1986) sean una secreta confabulación de unos cabalistas ginebrinos que intentaron matar a Borges, pero como no pudieron ametrallarlo de olvido y destierro, lo mataron hacia atrás, le quitaron el pasado, le pusieron fecha de nacimiento. Nunca lo vamos a poder saber, quizá sea sólo un Golem que puede hablar.

MATÍAS BAILONE

Biografía
Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, en el seno de una familia que profesaba una admiración intrínseca por la cultura y el idioma británicos. Asistió a una escuela pública y cursó el bachillerato en Ginebra.
Desde su primera obra, "Fervor de Buenos Aires" (1923), Borges publicó una serie de poemarios y ensayos que fueron desterrados por su autor muchos años más tarde; entre estas obras encontramos "Luna de enfrente", "Cuaderno de San Martín", "El tamaño de mi esperanza", "El idioma de los argentinos", y "Evaristo Carriego".
Si bien Borges a los 30 años tenía forjada toda una personalidad avasallante que configuraba a la perfección el estilo borgeano, el verdadero Borges nace cuando pierde la vista en 1955.

Momento de esplendor borgeano
Los antecedentes de la más valiosa producción borgeana fueron "Ficciones" de 1944, "El Aleph" de 1949, y en 1952 "Otras Inquisiciones". En 1955 pierde la vista en forma definitiva y es nombrado director de la Biblioteca Nacional (la máxima distinción que la Argentina le dio a Borges). En 1960 publica su más grandes obras poéticas en "El Hacedor" donde dice: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche." Se ven en estos versos el profundo cambio que operó en Borges su ceguera, lo convirtió en un poeta más humano y menos técnico; como si la necesidad de compañía en medio de la insoslayable soledad que produce el no poder escrutar el simple mundo exterior, lo hayan transformado en un ser de corazón y alma abiertos a sus lectores.

Los premios.
En 1961 recibió junto a Samuel Beckett, el Premio Internacional de Literatura, que lo consagró a nivel mundial. Pero Borges, a pesar de haber sido nominado muchas veces, nunca obtuvo el Premio Nobel; y esto ha sido a causa de su completa indiferencia hacia los problemas sociales y políticos de su país. Algunos de los dichosos ganadores de este premio son: Pablo Neruda (político y senador por el comunismo en Chile), Camilo José Cela (exiliado del régimen franquista), Seamus Heaney (defensor de la paz en Irlanda), y una de las condiciones indispensables para ser galardonado con el Nobel es tener compromiso social y una figura pública respetable. Borges, por supuesto, carecía de compromiso social y de una ideología política definida.

Conflicto con Sábato.
Con Sábato fueron grandes amigos literarios, pero cuando la política era el tema de sus charlas, lentamente se transformaban en discusiones que aumentaban la voz de Sábato y alteraban la de Borges. Tanto Borges como Sábato eran antiperonistas, pero Borges (sin cordura social) llegó a afirmar en la revista Sur de Victoria Ocampo: "El régimen de Perón era abominable, y la revolución que lo derrocó fue un acto de justicia, y que el gobierno de esa revolución merece la amistad y la gratitud de todos los argentinos.". Sábato le contesta que si bien él tampoco aceptaba el gobierno peronista, de ninguna manera aceptaría un gobierno igual al anterior que hiciera lo mismo que Perón -pero de signo contrario-. De ninguna forma Sábato acepto un gobierno de facto que manchó para siempre nuestra historia democrática. Este acontecimiento rompió una hermosa amistad que habían cultivado entre tertulia y tertulia, Borges y Sábato, charlando sobre Stevenson, Kafka y Dostoievsky.

Borges, Bioy y Sábato
El esplendor de Borges, que como dijimos, comienza en 1955 (con dos cegueras borgeanas: la corporal y la política), coincide también con el esplendor de dos grandes escritores de la actualidad como son: Sábato y Bioy. Sábato publica en 1945 su primer ensayo "Uno y el Universo", y en 1948 su primera novela "El túnel"; y Bioy si bien ya había publicado seis libros en 1940 alcanza la fama con su máxima obra "La invención de Morel".

La Biblioteca de Babel
Uno de los cuentos de Borges que más nos acercan a su universo metafísico es "La Biblioteca de Babel". Borges señaló infinidad de veces que algunas ficciones de Kafka están envueltas de una terrible simplicidad, que no es una cualidad formal. El mismo Borges calificó su cuento "La Biblioteca de Babel" como una obra kafkiana. La imagen central que atraviesa el cuento esconde -magistralmente- las huellas del autor de sus experiencias como bibliotecario, y la manía del autor por el orden y la mesura que lo convierten en un escritor apolíneo (del dios Apolo). "La biblioteca de Babel" comienza: "El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, cercados por barandas bajísimas." Esta es la primera y simple descripción del mundo hipotético presentado como tema y como organización del cuento, que carece de un argumento temático. Borges señala que la Biblioteca de Babel, que sería una metáfora para aludir a todo el Universo como desorden dentro del Orden, tiene galerías hexagonales. El autor cuenta en una entrevista, que había comenzado a rellenar la "biblioteca infinita" de galerías simétricas y circulares, ya que muchos consideran al círculo como la figura perfecta y eterna; pero Borges descubrió que colocando galerías circulares quedaban espacios vacíos. Entonces eligió el hexágono por su simplicidad perfecta, y su afinidad perceptiva con el círculo, al descubrir que colocándolos a distancias iguales no quedaban espacios vacíos. De esta forma Borges arma todo el escenario de su fábula metafísica, diciéndonos que la Biblioteca tiene infinitas galerías hexagonales, que cada galería tiene igual cantidad de estantes, que cada estante tiene igual cantidad de libros que a simple vista son iguales. Dice, además, que en la Biblioteca podemos encontrar todo, todo lo existente está allí, desde nuestras biografías, nuestros destinos, los libros de los dioses, los comentarios a esos libros. Estructuralmente la biblioteca es un panóptico (edificio que toda su parte interior puede ser vista desde un punto), que ya había sido estudiado por Foucault. También para terminar este sueño geométrico, Borges indica, :"Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden)"
Borges pretende con este juego literario y geométrico mostrarnos que nuestro caos universal está organizado por alguien superior, para quien todo esto sería el Orden. A pesar de la estructura kafkiana de la obra, nos deja un mensaje metafísico muy importante del sentido de la eternidad y del eterno retorno. Esta biblioteca eterna parodia a la torre homónima en la que se mezclaron las lenguas y que llegó hasta el infinito.

Cualidades de la ficción borgeana.
Una de las cualidades de la ficción borgeana -como lo señala Sábato- es la de confundir al lector, "uno cree estar leyendo un relato policial y de pronto se encuentra con Dios o con el falso Basílides". Otra de las cualidades de sus obras es la del orden establecido por las novelas policiales de Poe, ya que Borges no comprendía el "desorden" de las novelas llamadas psicológicas en donde se mata por piedad, enamorados que se separan por amor, arguyendo que solo el rigor existe en el género policíaco.
Si se comparan algunos de los laberintos de "Ficciones" de Borges con los de Kafka, llegamos a la conclusión de que los borgeanos son de tipo geométrico o ajedrecístico y producen una angustia intelectual, porque se conocen los elementos puestos en juego; pero los de Kafka son corredores oscuros, sin fondo, inescrutables, y la angustia es una angustia de pesadillas, nacida del desconocimiento absoluto de las fuerzas puestas en juego. En los de Borges hay elementos matemáticos a-humanos, y en los segundos elementos humanos.

Borges y la novela
El hecho de que Borges nunca haya escrito una novela, nos señala que Borges trataba de escindir la realidad con sus juegos literarios-metafísicos. Por ejemplo con "La Biblioteca..." Borges retrata el eterno retorno en una biblioteca, hablándonos de la realidad metafísica del hombre, pero no de la realidad social del mismo, que lo hace al hombre más vulnerable, convierte a su héroe en un ser de carne y hueso. Tal como afirma el escritor Juan José Saer: "Borges tenía prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela, una especie de rechazo a la representación realista de lo real." También el rechazo borgeano hacia este género viene de sus dos grandes maestros: Valéry y Macedonio Fernández. Valéry sentía hostilidad hacia las novelas, pero Macedonio escribió dos: la primera se titula "última novela mala", que es una parodia agresiva de las novelas psicológicas de Balzac y Dostoeivsky, y la segunda titulada "Primera novela buena" es toda una larga lista de prefacios de una novela que nunca sucede.

Con Adolfo Bioy.
Con Adolfo Bioy Casares, mantuvo una larga y profunda amistad fundada en la literatura. Comenzaron escribiendo juntos una propaganda sobre el yogur para la fábrica de productos lácteos de la familia de Bioy Casares: La Martona; y llegaron a escribir en dúo, "Seis problema para Don Isidro Parodi" (bajo el pseudónimo común de Honorio Bustos Domecq) y "Un modelo para la muerte" (bajo el pseudónimo B. Suarez Lynch). También juntos dirigieron la colección de literatura policial "El séptimo círculo" , en 1945, que publicaba una novela de este género cada semana.

Epitafio.
En 1974 Borges publicaba un poema que resume toda su vida titulado "Elogio de la sombra":


La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
solo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada íntimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quien soy.

Jorge Luis Borges.

"A Usted, Borges, heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla rara de Asia menor y Palermo, de Chesterton y Carriego, de Kafka y Martín Fierro; a usted, Borges, lo veo ante todo como un Gran Poeta." Ernesto Sábato, "Uno y el Universo".


Matías S. Bailone

(Fragmento de una conferencia en Homenaje a Jorge Luis Borges) (Circa 1998)



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LA ESCRITURA DEL DIOS

La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.

La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.

Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.

No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: "No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente."

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños." Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansablee laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

JORGE LUIS BORGES

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